La Sala de la Provincia de la Diputación de Huelva acoge desde este jueves la exposición fotográfica ‘Promesas de Pan. Molinos en el Andévalo’, del autor Jorge Garrido. La muestra, inaugurada por la diputada de Cultura, Gracia Baquero, junto al fotógrafo, invita a un viaje en imágenes por el patrimonio de los molinos de la comarca, “unos más afortunados que otros con el paso del tiempo, y que merecen el reconocimiento de haber sido parte fundamental del desarrollo del territorio”.
“En el corazón del Andévalo, el viento y el agua han mantenido durante siglos una serena conversación con las piedras de sus molinos. Estas confidencias, moderadas por el esfuerzo del hombre, fueron promesas de pan, alimento y vida durante generaciones”. Primero fueron los molinos hidráulicos, anclados en el medievo y repartidos por las riveras; posteriormente, la cambiante fuerza de las aguas fue sustituida por el más amable esfuerzo del viento, que llenó las suaves lomas de los pueblos andevaleños de majestuosas torres aladas. Todo para convertir el esfuerzo campesino en sustancia vital.
Según Jorge Garrido, este trabajo, sin pretender ser un estudio arqueológico riguroso ni profundizar en la materia como ya han hecho importantes autores, busca recopilar en imágenes este patrimonio y hacerlo llegar de forma sencilla y visual a la población, “de modo que sirva para ilustrar sobre este legado que va cayendo en el olvido de las nuevas generaciones y que es parte de la idiosincrasia de una comarca que ha sufrido a lo largo de su historia un clima severo, la despoblación y el abandono”.
Molinos que hoy retoman su protagonismo gracias, entre otras cosas, a la recuperación de saberes ancestrales que los incluyen como parte intrínseca de su vocación agrícola, “molinos que fueron promesas de pan y hoy pueden ser una vocación de futuro”.
Junto a la extensa colección de fotografías distribuidas por todas las salas, la muestra incluye un mapa con la localización de todos los molinos del Andévalo retratados. ‘Promesas de Pan. Molinos en el Andévalo’ podrá visitarse en la Sala de la Provincia del 12 de febrero al 28 de marzo, en horario de 10.00 a 14.00 horas y de 17.00 a 21.00 horas de lunes a viernes, y de 10.00 a 14.00 horas los sábados.
Retrospectiva histórica
El viaje por los molinos del Andévalo onubense es un recorrido hacia atrás en el tiempo que comienza con el abandono advertido por Julio Caro Baroja y George Foster en sus periplos andevaleños de 1949 y 1950, cuando observaron un coro de viejos molinos de viento en las cimas de Alosno, El Cerro del Andévalo y Puebla de Guzmán.
La travesía tiene una escala fundamental a mediados del siglo XVIII, cuando la Península Ibérica sufrió uno de los periodos de sequía más graves del milenio, entre 1749 y 1753, lo que supuso una pequeña revolución técnica al extenderse rápidamente la construcción de molinos eólicos en sustitución de los hidráulicos, dependientes de la pluviometría.
En tiempos de Carlos III, el geógrafo y cartógrafo Tomás López de Vargas Machuca encargó a Bartolomé Macías la redacción de minutas geográficas en buena parte de la provincia de Huelva. En 1786 ya advertía del abandono de los antiguos ingenios hidráulicos en favor de los nuevos molinos de viento que proliferaban en las comarcas con cauces más pequeños.
Los molinos de viento dominaron el paisaje andevaleño durante los siglos XVIII y XIX hasta la llegada, a comienzos del siglo XX, de la electricidad, que sustituyó al viento como fuerza motora en los ingenios de molienda, tanto de trigo como de aceite.
Antes del viento fue la fuerza del agua la que movió las piedras de molinos y batanes en la comarca. Los molinos hidráulicos se repartían por ríos y riveras allí donde el agua podía embalsarse para accionar los rodeznos. Las riveras con mayor caudal utilizaban molinos de agua viva, mientras que en las más modestas se recurría a molinos de cubo, más frecuentes en otras comarcas como la Sierra.
La distribución de los molinos eólicos revela una mayor concentración en el Andévalo Occidental, especialmente en los alrededores de los núcleos de población, facilitando el transporte del grano y la harina. Por su parte, los molinos hidráulicos se concentraban en grandes cauces como el río Odiel, el Chanza, la Rivera Pelada y la Cobica, muchos de ellos dando servicio a municipios distintos a los que los albergaban.
Hoy, los molinos hidráulicos de los cauces andevaleños constituyen un patrimonio menos protegido y valorado que sus equivalentes eólicos. La lejanía de los núcleos urbanos, el difícil acceso y el desconocimiento de su existencia los convierten en un legado que requiere mayor protección y difusión como parte esencial de la identidad del pueblo andevaleño.

