8 febrero 2026

Carta al director

Bienestar personal

Firma: Reyes Andreo

Redacción

Cuando el hambre se topa con un bufé libre ocurre lo que ocurre: nos damos una jartá de comer de las que sientan fatal. Así percibo estos tiempos de información y pantallas. Hace casi dos años llegué a ese punto de empacho en el que uno levanta los brazos de manera descontrolada cuando alguien le pregunta: «¿Has leído este libro?».

No, no lo he leído y no lo voy a leer. No quiero, no puedo. Por respeto a mi circunstancia de abuela y de madre; por respeto a todas aquellas mujeres sabias que han habitado mi árbol; por respeto a las tribus, a los clanes, a las historias contadas y compartidas en familia alrededor de un fuego sagrado, bajo las lunas de Escorpio, apasionadas y conectadas con la vida y la muerte. Por respeto a mi sangre americana, africana y asiática; a las nubes y a los vientos; a las águilas y al colibrí que aletea en mi corazón día y noche. Me niego, señores y señoras del jurado. Me niego rotundamente y con determinación. He dicho.

Una cosa es sentarme en el porche a leer a Quevedo y otra muy distinta es atiborrarme de verdades ajenas que no he vivido, que no me pertenecen, que no me representan y, lo que resulta más peligroso, que me alejan de escuchar mi propia voz. Cada paso firme que doy hacia fuera me sitúa un metro más lejos del amor incondicional de mujer y de esa energía difícil de encontrar hoy en día.

Escribí mi primer libro en 2009. Tenía entonces treinta y cinco años. Muchas de aquellas palabras contienen verdades propias que hoy otros autores —esos de los que me hablas— desmenuzan hoy. Siempre fue así y siempre será: el filtro personal es el que otorga ese color único al mensaje. Veinticinco años leyendo a profesionales de la salud y del autocuidado, aparcando novelas y biografías para comprender el misterio de la vida y de la maternidad. Capas infinitas de coletillas memorizadas nunca sirvieron de mucho. Al final, lo que permanece es ese encuentro sagrado con la naturaleza, al caer las últimas luces, respirando, fascinada, meditando frente al firmamento, aquí y ahora, como aprendió papá de la abuela hace mil años.

Me cruzo con madres maravillosas, potentes, conscientes, cuidadoras, desgastadas, infinitas, y observo algo que me resulta familiar. Me reconozco en su amor y en las herramientas que guardan en sus bolsos: plomo pesado que va minando poco a poco la mirada, el brillo, la paciencia. La copita de vino del viernes con las amigas ayuda, no obra milagros.

SILENCIO

Sí, como lo oyes: silencio, soledad, ejercicio físico, terapias, rituales sin fin. Mientras tanto, observo a mujeres del otro lado del planeta, por toda Asia, en calma y en acción, utilizando sus manos creadoras, rodeadas de naturaleza y familia, de comidas elaboradas y repartidas con amor. Somos lo que comemos, lo que respiramos, lo que destapamos del inconsciente; sobre todo, somos un núcleo de sabiduría delicado de sostener en estas dinámicas actuales.

Medito descalza cada mañana, después de hidratar mi cuerpo sin prisas con una ducha larga y de realizar algunos calentamientos. Medito con música de fondo mientras masajeo mi rostro con manteca de karité. Un par de velas encendidas, algo de incienso, una melodía serena. Conecto con el fuego, la tierra, el agua y el aire. Cierro los ojos. Todo imaginario y, a la vez, intensamente presente.

Mil pensamientos llaman a la puerta; les permito entrar con paciencia. Está bien. Todo está bien. Entonces sucede algo cercano a la magia: llegan ideas claras desde un lugar misterioso. Pensamientos, agendas, listas. Mi oficina se ilumina con luz de vela. Me detengo, anoto y continúo.

Me visto rápido para evitar que alguna pantalla me atrape. Me acerco al gimnasio del pueblo: cuarenta minutos entre elíptica, remo y pesas. Lo suficiente para equilibrar el pensamiento. Salgo al campo. Descalza sobre la tierra fría, entre hierbas y rocío. Unos minutos con los ojos cerrados. Estoy en casa, en el paraíso. Recuerdo por un instante y sigo.

No se trata de un lujo. Es una necesidad. Supervivencia.
Hace ocho años que medito así. Lo hacía de niña; simplemente lo he recuperado. Tú también puedes. De eso se trata: de compartir las herencias sabias de nuestros ancestros. ¿No?

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